Pedro A. Martín

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“El espacio de lo íntimo y la política” (María Toledano)


“El espacio de lo íntimo y la política” / María Toledano

“No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.”
Spinoza, Tratado Político, cap.IV, 6

Escribí esta nota hace tiempo. Asusta comprobar cómo la sociedad desarrollada camina, máxime con la crisis, hacia el desconcierto: un espacio político donde anida eso que I. Wallerstein llamó “fascismo democrático”. Leer y releer. Comprender. Soy vieja, Lola no quiere que lo diga, y cada día entiendo menos el mundo. Decía así: “el capitalismo es, además de un régimen de explotación universal, el territorio de la paradoja y la contradicción. Al menos en los países primer mundo -sociedades que corren desmadejadas tras las huellas del prometido presente eterno, el tiempo del consumo- estamos perdiendo nuestra sombra. Vivimos una modernidad de banda magnética que se evapora a cada instante para renacer de nuevo, transformada, al instante, unos cuantos anuncios más tarde, en otro objeto o sensación con el recurrente marchamo de imprescindible. Hay demasiada luz, demasiados neones y focos que iluminan las escenas cotidianas. La aceleración de la dinámica capitalista de los noventa, impulso atroz -turbocapitalismo- que tiene su origen en la presidencia de Ronald Reagan en EE.UU. y su prolongación en Gran Bretaña, ha supuesto, entre otras cosas, la pérdida (o privatización) de la vida privada, el relato ordenado de la intimidad, entendido como reflexión narrativa y política, no narcisista, sobre uno mismo y su quehacer en el mundo.

Inútil parece la resistencia ante el avance irremediable este fenómeno exhibicionista. Abunda en los medios de comunicación (desde la imagen de un bombardeo grabada con cámara al hombro -una falsa mirada subjetiva- hasta la telebasura) y en blogs y demás bitácoras personales. Las redes sociales (Facebook y otras) son pasarelas, escaparates, de la maravilla (o el drama) que representa vivir en el sistema global de flujos y reflujos informativos. Poco importa el grado -que lo descrito sea verdadero o falso no altera acto de transferencia- de desvelamiento o la intensidad, se trata de mostrar en el ágora de los intercambios emocionales -amplificado hasta el delirio por Internet-, la parte privada, hasta ahora oculta. El yo y el nosotros han pasado de ser un reducto íntimo, unido por la pertenencia a una categoría, en algunos casos, ligados por la conciencia de clase, a la esfera universal de lo público. Los sentimientos, bajo múltiples formas, se compran y venden, habiendo logrado el capitalismo, por fin, convertir en mercancía las emociones del yo (del nosotros).

Esta pérdida o privatización radical de la intimidad (impuesta o consentida) ha convertido al cuerpo social en un mero intercambiador de sensaciones. Desde la elección de un automóvil -sensación de vivir al límite, por ejemplo, fuera de las carreteras convencionales- hasta el color o prestaciones del teléfono portátil, pasando por el atuendo para presentarse en el espacio público; del voto al amor. La cantidad de mercancía nueva o vestida de nueva expuesta –vintage emocional consumista- se ha multiplicado hasta el infinito. Los mostradores han ocupado todo el espacio físico, incluidas las escondidas trastiendas morales de la intimidad, impidiendo cualquier otro intercambio que no esté previsto por el propio y regulado mercado. El orden emocional del capitalismo, desarrollado hasta el extremo de la esquizofrenia en el último decenio, ha triunfado. El nuevo paradigma axiológico se ha impuesto.

La verdad, pese a la sofisticación de los envoltorios, se presenta desnuda. Basta estirar un poco el cuello, leer entrelíneas la prensa, observar con atención la televisión o pasear un sábado por la tarde por un centro comercial para ver el grado de incertidumbre y miedo reinante. Miedo e insatisfacción provocados por la persecución del placer que se escapa. El sistema impide cumplir, por su naturaleza huidiza, todos los anhelos. La respuesta clínica (la respuesta política ha desaparecido, aniquilada) a este estado de incertidumbre, un estado de sitio psicológico, es el aumento exponencial de los trastornos mentales y la dependencia, cada vez mayor, de los psicofármacos. Esta es una de las consecuencias que la (supuesta) seguridad e infalibilidad del modelo de sociedad ha provocado. En el espejo de lo público, por un lado, la paradoja de la insatisfacción social, al no ser posible la satisfacción emocional o material permanente; por detrás, junto a los remaches del marco, la leyenda impresa en la madera: el modelo es el mejor de los posibles. Paradojas y contradicciones. Este fenómeno ocurre en nuestra propia casa, en las habitaciones donde compartimos instantes privados, en el trabajo, en las miradas y caricias, hasta en la noción del tiempo, que determina, como sabemos, la concepción de la muerte. A esto denominan los manuales de sociología y ciencia política, “sociedad del bienestar”.

“La izquierda como adjetivo” (María Toledano)


“La izquierda como adjetivo” / María Toledano

Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque

Bertold Brecht

 

Maria ToledanoExpongamos la tesis que se pretende demostrar. En sociedades sin política, en territorios devastados por la capacidad de reproducción y multiplicación del capital en su actual grado imperial, dominada la geografía, el tiempo y el espacio -lo que denominan realidad- por la posibilidad de extender –ad infinitum– la explotación y las imágenes simbólicas espectaculares que la acompañan, ausente la tensión dialéctica impulsora de una lógica de combate en el seno de la izquierda anticapitalista, sólo queda el adjetivo. O el protocolo y los rituales de mesa. Del sujeto organizado y el verbo transitivo, es decir, de la conciencia de clase (la potencia transformadora) y el acto (la toma del poder) hemos pasado a la (re)construcción de la subjetividad como refugio de la identidad de las multitudes (pabellón de insomnes) y a la resistencia verbal (en el mejor de los casos) como forma estética/ética de intervención pública. El panorama es, por tanto, desolador. Un paisaje donde los restos de la izquierda socialdemócrata -por no decir los epígonos peor formados de la historia del movimiento revolucionario- navega (stultifera navis) entre ruedas de prensa y reuniones, entre los últimos avances psicológicos del marketing y la parafernalia cultural camino del abismo, su reino. El estado de mercado occidental es, sin duda, una sociedad postindustrial sin política.

El adorno, la mercancía sofisticada (sea conceptual o física), ha adquirido la entidad de hecho esencial, central, de todas las discusiones (mejor sería decir conversaciones) y de todas las (in)existentes relaciones. Los hilos que tejían la estructura de los movimientos políticos anticapitalistas (partidos, sindicatos y asociaciones) se han convertido en redes múltiples donde la (inter)acción apenas existe. La organización, en el sentido fuerte del término, ha dejado paso a un repertorio de números de teléfono y direcciones de correo electrónico que circulan atravesando la red como estrellas fugaces. La forma clásica de organización de lo sustantivo, de las personas y las cosas, ha sido barrida (con la contribución de todos) sin que otra alternativa articulada se vislumbre en el panorama. El modelo del partido bolchevique (“la idea leninista de la organización presupone el hecho de la revolución, la actualidad de la revolución”, escribe Lukács) que conquistó el poder es denostado como vestigio arqueológico. La diferencia entre una revolución y un foro social es evidente. Cuando los foros empezaron a cuestionar con firmeza el sistema de opresión, cuando sus manifestaciones incomodaron (no es otra la expresión correcta) a los dirigentes mundiales, el capital levantó una defensa militar en Génova. Hubo un muerto, Carlo Giuliani, pero pudieron ser cientos. El ajedrez tiene sus reglas Y, o se cambian de raíz, o se juega a otra cosa.

Lo moderno y necesario es, para una parte importante de la izquierda altermundista (ahora se llama así, según la santificada terminología de Le Monde diplomatique), la creación de una estructura desarticulada y flexible, los nudos y las resistencias grupusculares. Esta parte de la izquierda -que asocia en su imaginario de cristal la idea de organización con la experiencia soviética- olvida que el capital, cuando necesita aglutinar fuerzas para cualquier batalla (y son muchas) recurre a los principios elementales de la unidad organizativa: cohesión interna, disciplina, disponibilidad, vanguardias conscientes en los medios de comunicación, etc. Desde los lejanos tiempos de la construcción del cristianismo como fenómeno ideológico y de la iglesia como estructura de poder Tú eres Pedro y sobre esta piedra construirás mi iglesia hasta el terrible y transparente En una fortaleza asediada toda disidencia es traición de Ignacio de Loyola, el capital -con su componente íntimo de alineación religiosa- ha considerado siempre el modelo de estructura férrea como un elemento imprescindible para su expansión y éxito. ¿Es posible concebir un régimen abierto y (casi) asambleario -plural y capaz de recoger las distintas sensibilidades, diría G. Llamazares- en los consejos de administración de las grandes corporaciones del complejo tecnológico-militar que rigen la economía mundial? ¿Puede alguien imaginarse una nube de mosquitos en la estructura operativa, de choque, del capitalismo? Hubo un tiempo -Saint-Just y Trostky son ejemplos- en el que las organizaciones eran, a la vez, políticas y militares.

Algunos dirán, siguiendo el viejo esquema de “ni OTAN ni Pacto de Varsovia” tan desarrollado por el prealtermundismo durante la campaña anti-OTAN de 1986, que las soluciones no pasan por experiencias conocidas (jacobinos, bolcheviques, foquistas) sino por (re)pensar las fisuras del capital y su modus operandi para destruirlo (con un manifiesto, imaginamos) y que tan horrible y trágica para la humanidad (como si fuera algo tangible) era la perspectiva de la OTAN como la del “imperialismo” soviético. Es posible que estos argumentos (menores) contengan una parte de razón (histórica) pero lo seguro es que tras la desaparición de la URSS, la fase imperial de la explotación ha tomado un camino sin retorno, un giro desconocido hasta a fecha. El argumento siguiente no es mayor y debería ser criticado, pero más de uno puede -con justicia- considerar que los derechos sociales, colectivos, se defienden mejor con un silo de misiles SS-20 apuntando a Wall Street (como ha hecho EE.UU. con sus intereses -desde la doctrina Monroe- en Latinoamérica) que desde una mesa de negociación con los sindicatos de servicios bebiendo agua mineral de marca. La merma de derechos adquiridos que supone el tratado constitucional europeo podría ser una buena prueba de ello. Para no perder la senda y volver al principio, las mencionadas armas de disuasión serían, en este caso, lo sustantivo (las herramientas últimas de la organización) y las mesas de negociación plurales lo adjetivo. Visto que en el estado de mercado no existe Política (nada que afecte al progreso de la colectividad se lleva a cabo sin el nihil obstat del capital y sus representantes), el adjetivo y los colores predominan. Rosa palo, azul turquesa, naranja suave y verde (con y sin praderas). La paleta cromática explica con claridad la relación de fuerzas existente. Para el capital, no existe diferencia -con perdón- entre el Stabat mater de Pergolesi y el Ave María de David Bisbal. El capital cultural y el capital simbólico de Bourdieu, instrumentos de la navaja crítica para la definición del concepto de clase, empiezan a ser, también, vestigios de otra época. El capital es uno y se dice de muchas maneras, como el ser de Aristóteles. Todo es adjetivo. Desde la sensación térmica a las sensibilidades en el seno de la izquierda. Si viviera el maestro italiano y sus magníficos acordes sonaran en las radios, es posible que al cabo de unos días preguntara a su casa discográfica por la implantación de su obra en las tiendas de Extremadura. El capital es universal. Como universales son sus ramificaciones.

En el escenario de los juegos florales, el intercambio de ideas -lo que hoy se denominan ideas, es decir, tópicos de carácter circular sin desarrollo argumental- aparece en el tercer acto, cuando la trama está expuesta y apuntado el final. En las sociedades espectaculares sin política, la banda sonora, el decorado y las luces ocupan el lugar del texto, de los sustantivos y los verbos. Ningún espectador, en su sano juicio, puede recordar las palabras de un líder político o sindical escuchadas ayer. Pero recordará el color de la corbata, el peinado o el chiste fácil que sirve como destello o percha de enganche televisivo. El discurso no se emite para ser entendido, criticado o estudiado; antes al contrario, está “puesto a disposición del público de manera comprensible” para servir de soporte a la mise en scene. Las viejas discusiones materialistas (superadas) sobre forma y contenido han dejado paso a la discusión sobre las formas de las formas. El capitalismo en esta fase global (obvio resulta recordar que el capitalismo siempre fue global desde la invención del cheque y la letra de cambio) es forma, o por decirlo en dos palabras, el capitalismo es el modelo de reproducción de la forma. El sistema de valores impuesto por la fuerza de las armas (EE.UU. domina el mundo desde su incuestionable potencia militar) es también un adjetivo. Y como todos los adjetivos, afilados como un estilete, pueden matar. Los sustantivos y los verbos son, pese a la apariencia, intrascendentes a la hora de retratar el panorama.

Sociedades sin política, flores de plástico sin el recuerdo de la naturaleza, políticos (títeres) carentes de una concepción general de las cosas a merced del oleaje de los estudios de mercado y las estadísticas, coches que parecen sofás, sofás -tan acogedores, sintéticos, ergonómicos y cálidos- que parecen amantes, amantes (de silicona -ellas- y anabolizantes -ellos-, o al revés) que invitan desde cualquier tribuna publicitaria al placer sexual sin sexo. Sexo sin contacto físico, explotación cotidiana sin víctimas visibles, imágenes de destrucción permanente retransmitidas urbi et orbi como si fueran escenas una nueva producción de Hollywood, capitalismo de producción sin fábricas en las ciudades de los viejos estados-nación. El estado de mercado es un carcelario código de barras donde lo accesorio, el adjetivo, ocupa el lugar central del discurso. No es oro todo lo que reluce, piensa la urraca desde la rama del árbol.

“Evocación autobiográfica de La Habana I y II” (María Toledano)


“Evocación autobiográfica de La Habana I y II” (María Toledano)

A Gemma, que me regaló un mapa de otra ciudad

La ciudad dormida evapora su lenguaje

Lezama Lima

 María Toledano

Evocación autobiográfica de La Habana I

Con los primeros calores del día, agosto madrileño, llamaron con insistencia a la puerta. Era mi nieta Lola. Con una sonrisa que hubiera iluminado el infierno, ombligo al aire y gafas oscuras me dijo que fuera haciendo la maleta. Dentro de cuatro días nos íbamos a La Habana. La vejez conlleva, amén de otros detalles que omito por decoro, obediencia debida. Protesté, por aquello de la forma, y cuando quise darme cuenta bebía zumo de naranja, ay, en un vuelo con destino al aeropuerto José Martí. Volvía a la isla, Hasta la victoria, siempre, y mis recuerdos saltaban de un año a otro descontrolados: las palomas en el hombro de Fidel, el azúcar, la tonelada a precio de lo que fuera menester, aquellos misiles, la despedida del Che, el socialismo cubano con sus matices ideológicos y recodos teóricos, la virgen del Cobre y la dolarización del demonio, el tacto áspero del Granma, la lucha internacionalista en Angola y ahora en Venezuela, una reunión en Topes de Collantes, años setenta, el 26 de julio de 1973 (una historia que no viene a cuento), los avances farmacológicos y el llamado “período especial”, es decir, la violenta crisis económica, un eufemismo, que recorrió la isla, de Santiago a Pinar del Río, tras la caída de la URSS. Lola, a mi lado, leía La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y en la mochila, asomando discreto, junto al autista Ipod, lucía una vieja edición -regalo mío- del clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, impreso en La Habana, 1963 (Año de la Organización), por el Consejo Nacional de Cultura con una elegante introducción de Bronislaw Malinowski fechada en Yale, julio 1940. Los libros, igual que los viejos, también viajan por obligación.

La ciudad nos recibió abierta en canal de agua, partida en dos por una de las primeras tormentas de la temporada, con los comercios iluminados, su gentío y el agitado tráfico de la tarde. Reconocí algunas avenidas exteriores recién asfaltadas, las casas de Boyeros y el olor a tierra mojada; los renovados hoteles de Prado y la ocre intensidad de la luz. Caía la tarde. Para mí, setenta y ocho cumplidos, estar de nuevo en La Habana, respirar su penetrante humedad y fumar un pitillo sentada en cualquier café, significa rejuvenecer treinta años. O más. Imagino que hay que ser comunista, o lo que seamos ahora, para entender esto. En fin. Ocupamos el hotel y salimos a la calle. Neptuno con Parque Central. La mirada de Lola, como su pequeña cámara digital, era carnívora. Quería devorar todo, captar la vida en marcha, la que fluye por las esquinas y las puertas entornadas, experimentar en un instante el aire moderno del socialismo caribeño del que tanto ha oído hablar, empaparse de todo. Recordé mi primer viaje, finales de mayo de 1961, pocas semanas después del desembarco de Playa Girón y de que Fidel proclamara, con solemnidad revolucionaria, aquel Primero de mayo, que Cuba era “una república socialista”. Con la edad te vuelves sentimental, me dije. Lola, a mi espalda, ya estaba hablando con un par de jóvenes. Crucé sin mirar pensando, ignoro la razón, en Regis Debray y Bolivia. Casi me atropella un flamante coche coreano, matrícula amarilla. Hay que joderse con el socialismo automovilístico.

Harta de defender durante décadas la causa única y valiente del socialismo cubano, de la Revolución, del hombre nuevo que no ha llegado del todo o que llega tropezando por Centro Habana con una javita, un socialismo real, diferente al soviético, radicalmente humano, ajeno a los bolcheviques y al PCUS, que se levanta sólo, orgulloso y mambí, con sus innegables progresos y contradicciones, con su bloqueo y su níquel, su escasa mortalidad infantil, su elevado nivel de educación y sus Vampiros en La Habana, ahora -hace ya una larga temporada- me he vuelto chavista. A la vejez, viruelas. Cubana y chavista. Un país, dos banderas. Le cuento esto a Lola -aportando datos sobre la mejora del consumo energético per capita- sentada en un banco de la Plaza de Armas, los libreros están recogiendo la mercancía del turista, y me mira con dulce resignación. Agüe -dice descarada, sin dejar de recorrer cada palmo con ojos posesivos- descansa un poco. Niña -respondo- otra falta de respeto así y te fusilamos al alba. Me gusta usar el plural revolucionario (serán reminiscencias estalinistas) y paladear la proximidad emocional que concede la semántica. Se ríe y me saca una foto con un cigarrillo en la boca. O el socialismo conlleva alegría de vivir o no es socialismo, pienso. Marx estaría de acuerdo.

Cenamos algo, frijoles con arroz, pollo y fruta, paseamos hasta la Rampa por el Malecón, cerrado al tráfico por causa de carnaval -nos quedamos un rato mirando las carrozas- y regresamos en taxi al hotel. Hace sólo unas horas que estamos en La Habana y ya siento algo parecido al bienestar. Dirán que exagero y tendrán razón. Hace un par de años unos jóvenes venezolanos del Frente Francisco de Miranda me regalaron en Caracas una camiseta cuya leyenda dice: Yo me declaro socialista, ¿y qué? Ya en la habitación charlamos y hacemos planes para el día siguiente. Iremos a primera hora a la Plaza de la Revolución y luego veremos. ¿Te parece bien? Cómo explicarle a mi nieta, en dos palabras, que en esta ciudad acepto cualquier idea razonable. Sentirse cubana, como me siento, y ser europea (es un decir, siendo española) es fácil -reflexiono-, lo duro, pese a todo, es ser cubana en Cuba. Antes de dormirme me asaltan dudas (razonables) sobre el desarrollo (¿necesario?) del turismo, la utilidad de la doble moneda (el peso convertible y el otro) y la precariedad del transporte colectivo y me acuerdo de España, allá por los años 60 y 70, cuando nuestra floreciente industria era la misma. Leo un cuento de Hemingway (que paseaba por el franquismo taurino como si tal cosa). Al instante me desvelo. Fumo apoyada en la ventana. La bulliciosa metrópoli se va apagando. Pongo TeleSur sin voz. Son las doce y media. Sospecho que la noche será larga. Lola duerme cansada y feliz. El aire acondicionado entona su cansina sinfonía de hierro y plástico. Venceremos.

Evocación autobiográfica de La Habana II

El aire está cargado de humedad y son. Lola, gorra verde olivo con estrella roja, hojea Bohemia, la histórica revista cultural, mientras dejamos pasar las horas -después un agotador paseo por el intestino de Centro Habana- sentadas en una terraza junto al cine Yara, 23 y L. Por ahondar, discreta, en la mitología personal -la mitopoiesis sería, por decir con Wu-Ming, la reconstrucción de discursos comunitarios que consoliden la identidad y la práctica política radical-, recuerdo una proyección del Acorazado Potemkin, la primavera de la enésima tromboflebitis de Franco, allá por 1975. Pese a la dosis diaria de ibuprofeno, me duelen las piernas. La artritis reumatoide avanza desde los tobillos hasta la cadera, o al revés, poco importa, con la misma furia que el mar desborda, de vez en cuando, el muro del Malecón. Enciendo un pitillo y repaso el libro de Ramonet Fidel Castro, biografía a dos voces, que en Cuba se titula Cien horas con Fidel. Documento necesario para entender la Revolución y la vida del Comandante, esta obra -docenas de preguntas y respuestas- es una inmersión en la vida de un hombre y, por extensión, de un proceso histórico, una imprescindible guía para entender quiénes somos. La Revolución cubana, para muchos, es un fenómeno con tintes de biografía colectiva, un hecho trascendental.

Ernesto Guevara, argentino y cubano, congoleño y boliviano, internacionalista, observa el devenir de la isla desde infinidad de envejecidos carteles y fotografías. Tanto turismo y algunas injustificadas tendencias burocráticas le escaman, pero mira hacia otro lado, buscando, quizá -Caronte aguarda- la otra orilla del río Ñacahuasú. Médico de la expedición de Granma, una patera en busca de un sueño nacional-regeneracionista convertido en socialismo por voluntad política propia y guerra fría (que nosotros los cubanos nos liberamos solos y no vinieron los tanques soviéticos, dice -no es cita literal- un personaje de la novela de Senel Paz, En el cielo con diamantes), el comandante que asalta cada noche el tren blindado en Santa Clara es, junto a Martí -los rangers como perros de presa tras su asmática estela-, consuelo y alegría, un medido culto a la personalidad inverso, una proyección universal (Alberto Díaz, Korda, y Feltrinelli), que invita, casi, a la intimidad. Se acerca el 40 aniversario de su muerte -le cuento a mi nieta- y su figura sigue presente en las luchas de Latinoamérica y en las recién planchadas camisetas de la juventud europea. Hoy, quiero imaginar, estaría en la resistencia iraquí o construyendo la aventura bolivariana. Ser guapo y fotogénico siempre ayuda, dice Lola, como si viniera quemando la brisa con soles de primavera. Vamos a conversar un rato a un CDR, que andas muy suelta en estas tierras. ¿CDR? Sí, respondo, la esencia y vanguardia, algo aletargada, de la Revolución.

Alfredo tiene más de setenta años y estuvo en Escambray, en la lucha contra los bandidos de los sesenta. Su voz de jubilado -le han prohibido el café y el tabaco por problemas de estómago- suena firme y comprometida con el proceso. Pese a ser dos desconocidas que aparecen por allí, nos recibe con amabilidad y jugo de naranja. Le ruego que le cuente a Lola qué son los CDR, los míticos Comités de Defensa de la Revolución. Si le pides a un cubano que te explique algo, lo hace. Con parsimonia se quita las gafas y empieza. El 28 de septiembre de 1960, el Comandante en Jefe informó de su comparecencia en la XV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, celebrada en Nueva York, dos días antes. La población -prosiguió- venía sufriendo actos de sabotaje y atentados por parte de los contrarrevolucionarios. La idea de Fidel fue clara y sencilla: “Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva y vamos a ver cómo se pueden mover aquí los lacayos del imperialismo, porque, en definitiva, nosotros vivimos en toda la ciudad.” Lola le contemplaba ensimismada. Alfredo desgranó con pulcritud la historia cubana, mezclando -una coctelera de ideas- fechas precisas, sucesos y recuerdos personales al tiempo que yo trataba de ver el título del libro que había cerrado al vernos llegar. Una hora y media después salimos del CDR. Alfredo nos despidió con un abrazo y dos regalos. Una insignia para Lola y un libro para mí, ese, precisamente, que estaba leyendo. Protesté. No se preocupe, noté su curiosidad, ya compraré otro. Los libros en Cuba -dijo con cierto orgullo- no son demasiado caros. Cuba y Africa. Historia común de lucha y sangre de Gleijeses, Risquet y Remírez, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

Trajeron las bebidas. Agua, café y un daiquirí para Lola. Leo una pancarta en la Plaza Vieja y sonrío: “Viva Fidel 80 más”. Un cuarteto se arranca con una versión del clásico del Trío Matamoros El Paralítico: “Suelta la muleta y el bastón y podrás bailar el son”. Un reloj anuncia doce campanas. Apago el cigarrillo. ¡Cenicienta, toque de retirada!

“357 Magnum” (Manuel Fernández-Cuesta)


“357 Magnum” / Manuel Fernández-Cuesta

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Leo párrafos de El derecho a la pereza del cubano-francés Paul Lafargue (1842-1911) y me sorprendo (todavía) con la sencillez -claro y distinto, exigía Descartes- del capítulo I: “En la sociedad
capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”. Esto tengo que decírselo a mi jefe, con otras palabras, se entiende, el día que pida un aumento de sueldo y una pistola. Esto de las armas de fuego está mal visto en Europa -hace años inventaron la policía y el ejército- pero si uno fuera custodio editorial en EE.UU. -los cimientos de su civilización, algo más de doscientos años, son balas estriadas, cabelleras cortadas y zarzaparrilla- iría tan feliz con mi revólver al cinto (Magnum 357, una variante moderna del mítico calibre 38 Special de Smith & Wesson), pegaría tiros a los adjetivos mal puestos y eliminaría de raíz -la sintaxis es una facultad del alma, escribió Valéry- los adverbios de tiempo (omito, por razones obvias, las acciones ilegales). Tras una cena ligera, tres manzanas, dos litros de agua y un ibuprofeno (600), he repasado -lectura recurrente, obligatoria, en momentos de malestar emocional- la edición en un solo volumen de la trilogía de Agota Kristof, Claus y Lucas (El Aleph, 2007). Por sus páginas corre la voz gris del desamparo: literatura desnuda, prosa que muestra el mundo. Una compañera del metal, pantalón pitillo, cuero y psicofármacos, falsa melena rubia, tatuajes (cuello y manos), piercings (nariz y ceja izquierda), cuarenta años trotados, turno de mañana, separada con un hijo adolescente, reniega de las pistolas y prefiere las katanas, esos sables de filo único y curvado.

“Somos memoria” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Somos memoria” / Manuel Fernández-Cuesta

manuel-fernc3a1ndez-cuestaLa memoria es un resto de suciedad en la ropa blanca, perfumada de lejía, y la huella de otras vidas convertidas en nostalgia. La memoria es un tibio sol oculto tras nubes de cal y lluvia, tan fina, que destroza el estómago de los niños hambrientos. La memoria recuerda combates perdidos y amores fugaces, heridas sangrantes y libros olvidados, fotogramas quemados por un proyector doméstico y la sensación de su mano en tu cabeza. La memoria es deseo contenido, el paso de la potencia al acto, y la voluntad de la mayoría cercenada por los poderosos. Disparamos contra el alba y las instituciones, contra comerciantes de armas y diamantes; contra ejércitos regulares amparados por la ONU. En estos rincones del mundo, imposibles geografías, no hay agua potable ni hospitales. Hace años, tras la reina de Saba, reportero imaginario, literato desmedido, traficante de arte, gaullista resistente (sic), ministro de Cultura, Malraux caminó por estos mismos parajes. Algo de eso cuenta Ignacio Echevarría en el prólogo al libro del internacionalista francés publicado en la colección Imprescindibles de este sello. Los libros, algunos libros, esos libros, van y vienen por la Historia como balas de mortero. Entramos a una casa de campo. Los propietarios, colonizadores de mil empresas, han huido. Sobre la mesa del comedor encuentro partituras de Sibelius y el estudio de Raymond Williams, El campo y la cuidad (Oxford UP, 1973), en la edición de Paidós (Argentina, 2001), prólogo de Beatriz Sarlo. Dejo el fusil de asalto, como un mendrugo de pan, ojeo el libro. Cuentan que Wittgenstein viajaba por las trincheras de la Gran Guerra con el manuscrito del Tractatus logico-philosophicus. Guardo el subrayado ejemplar en la mochila.

“Nazis en acción” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Nazis en acción” Manuel Fernández-Cuesta

Entro en una librería, atravieso el territorio de los best-sellers y alcanzo la sección de Historia (narrativa). Ahí están. Al acecho. Siempre supe, como repetía mi abuelo, que habían ganado la guerra. La marcialidad de la Werhmacht, el decadente esplendor de las SS y la atroz Blitzkrieg. Observo portadas y títulos. Más de treinta libros nuevos abordan diferentes aspectos de la II Guerra Mundial. La mayoría analiza, hasta el detalle, el régimen nazi. He leído alguna de esas obras y destaco que, siendo críticos, los autores (muchos anglosajones) siguen fascinados por el nazismo. Está visto que el lector español, huérfano de la dramática experiencia que supuso para Europa la guerra 1939-1945, no quiere permanecer al margen de este acontecimiento. De los campos de exterminio a los científicos del Reich refugiados en EE.UU., pasando por La vita è bella, niños con pijamas de rayas y las novelas de Larsson. Los nazis, una vez más, han ganado la guerra y nosotros, ajenos por razones geopolíticas al conflicto, queremos ser víctimas de salón: sufrir por procuración. Península lanza, desde su atalaya, una ofensiva terrestre: Moscú, Stalingrado, Kursk y Berlín. Al mando, caballo blanco, Plaza roja, Georgi K. Zhukov, Grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial. Leo en la faja promocional: el Mariscal de la URSS que derrotó a Hitler. Es curioso como una sencilla oración contradice el mito de la ideología liberal-capitalista. La capitulación del Reich en los diferentes frentes orientales ha quedado minimizada frente a la potencia mediática del desembarco de Normandía. La operación Overlord, el Día D, es el relato fundacional de la moderna democracia de mercado. «Los alemanes iban de gris y tú ibas vestida de azul» dice Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca.

“Sostiene Courbet” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Sostiene Courbet” / Manuel Fernández-Cuesta

Antonio Tabucchi ha muerto en Lisboa. Tenía, desde 2004, nacionalidad portuguesa. Ser español o portugués —por voluntad propia— es una decisión que, creo, da sentido una vida. Mi padre repetía —hablaba poco— que no le hubiera importado ser negro. Debe ser algo parecido: una declaración de principios. Ando estos días de extraña primavera con L’origine du monde en la cabeza. Gustave Courbet lo pintó, óleo sobre lienzo, en 1866. Pierre Michon escribió La Grande Beune en 1996 (Anagrama, enero 2012, con el título del cuadro). Se lee, traducido por Gallego Urrutia, en la página 27: «El morado de sus ojeras me desgarraba, su perfume en el bosque me crecía en el vientre. Se alejaba, la falda le susurraba más alto que los árboles, los tacones perforaban las hojas caídas». En 1955, París todavía era una fiesta, Jacques Lacan, «la primera virtud del conocimiento es la capacidad de enfrentarse a lo que no es evidente», compró el cuadro. Ahora pertenece al Estado francés: asuntos de impuestos, pulsiones y deudas. Joanna y Mark recorrían la costa en un MG verde oliva como podían haber comprado chocolate en Bayonne, una mañana de agosto, al volante de un Ford gris. Pierdo el tiempo, Teniente Drogo, como si fuera eterno. El manojo de llaves, «todo lo racional es real, y todo lo real es racional», brilla en la oscuridad, esmeraldas en un pozo, y me acerca otros ramos: iris y margaritas. Cierro los ojos, el severo Hegel al fondo, y me aburro (un rato largo) de mí mismo: imposturas. Escucho Gymnopèdie 1 y pienso en cajas de música y autómatas sin rostro. « Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma boggie éteinte, mes yeux se fermaient si vite que je n´avais pas le temps de me dire : je m´endors. Et, une demi-heure après, la pensée…»

“Sherezade en Babilonia” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Sherezade en Babilonia” / Manuel Fernández-Cuesta

Leo La estrategia de Sherezade, el último trabajo de Christian Salmon (Storytelling, Kate Moss Machine) y, como si fuera Sebald paseando —turista cultural— por un bosque bávaro de madrugada, me acuerdo de la noción de «biopolítica», aquel concepto (tan de moda ahora en el pensamiento alternativo) que introdujo el olvidado Foucault en los 70, cuando la vida (como mero proceso biológico, la vida en cuanto tal, dice Paolo Virno en Gramática de la multitud, Traficantes de sueños, diciembre, 2003) empezó a ser gobernada políticamente. Mal vamos. Muy mal. La sociedad «líquida», descontrolada definitivamente por el neoliberalismo, produce maremotos económicos, éticos y emocionales: laboratorios de incertidumbre. Creo que, por ahora, no volveré a Libia. Algunos conocidos me echarán de menos en los campamentos, en los hoteles de Trípoli. Da igual. No parece que sea un lugar seguro, máxime cuando me he puesto a dieta -no se come bien en zona de guerra- con el decidido propósito de adelgazar mucho (sin prisa) y evitar el accidente cardio-vascular. Paseo por la editorial y recorro pasillos, a buena velocidad, quemando calorías. Las llaves me pesan y sudo, pero nada como el ejercicio. En mi casa, toalla anudada al cuello, ante el singular «Informativo» de Intereconomía, hago bicicleta estática: una contradicción. Acelero, cambio de ritmo, camino de ningún sitio. Como manzanas, peras, fibra, ensalada y pescado hervido. El bosque bávaro, de madrugada, ese al que me ha llevado el recuerdo de Sebald (disculpen la pedantería), aparece recubierto de escarcha. Para ser sinceros, asusta. Alemania, según mi entender, tiene cierto aire de Reich.

“Teresa en Francia” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Teresa en Francia” / Manuel Fernández-Cuesta

Cada vez que veo documentales sobre la crisis (Enron, Debtocracy, Breaking the bank, Inside job), amartillo mi Ak-47. Sé que es deseo radical, ajeno al sentir democrático, pero las pulsiones son así: irrefrenables. Directivos bancarios y empresariales, políticos, asesores, académicos y corredores de bolsa miran hacia otro lado, balbucean. El riesgo financiero (la ruina de los pobres) está bajo control —repetían—, mientras quemaban noches entre falseados balances, putas de neón, cocaína, tabacos cubanos y jets privados. Siempre fue el AK, con sus modificaciones, argumentum ad verecundiam de rítmico tartamudeo. Hartos estamos (algunos) de la justicia poética. Debería fumar amapolas y aislarme, máxime en estas fechas, pero acabó con la cosecha, infusión mística, Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, alias Teresa de Jesús, allá por el siglo XVI. En Camino de perfección (1557), nuestra santa de hierro trazó el sendero de la vida contemplativa llevada, quizá, por su inteligencia y las pócimas. De buena mañana, espesa la razón, la monja no recordaba casi nada y buscaba respuesta, o lo que fuera, en los pucheros: dios (o el capital) está en todas partes. La Bibliothèque de la Pléiade, panteón de las letras, colección fundada por Jacques Schiffrin, abre estos días sus puertas de piel a Teresa y a Juan de la Cruz, su inseparable pareja de baile. 1184 páginas de prólogos, notas, textos, brío y talento. Dice Le Monde: «su escritura, cercana a un estado límite, se aproxima a las experiencias más contemporáneas». Nuestros vecinos, a la mínima, ven rizomas hasta en Las moradas. Termina otro annus horribilis entre congelados y turrones de cacahuete. En Las chicas buenas no leen novelas (Península, enero 2013), aparece el concepto de «pornolectora». Se hablará mucho, y bien, de este incisivo ensayo italiano de Francesca Serra. Despido —qué palabra— el año sin nostalgia. Que dios y el capital, siempre juntos, repartan suerte.

“Moral de combate” (Manuel Fernández-Cuesta)


“Moral de combate” / Manuel Fernández-Cuesta

Nada es eterno. Ni la muerte, que termina en olvido, ni el movimiento de las estrellas del firmamento. Los antiguos, respetados sabios, creían en la inmovilidad (o artificio) de la bóveda celeste. Como aquellos marineros del Kronstadt (primero vanguardia, luego reprimidos), nuestra moral de combate debe permanecer —cuando la tormenta perfecta arrecia— inalterable. Lo cuenta Richard Sennett en La corrosión del carácter. El tiempo vital, ciclo del mundo del trabajo y las emociones, es el tiempo del impulso capitalista. Tenemos demasiados relojes, omnipresentes; relojes que ya no marcan la muerte (ha desaparecido por orden de la autoridad), pero que fijan, nuevas funciones, la pertenencia o no al mercado laboral. ¿Cuándo se convirtió el trabajo en una concesión? Tendré que desempolvar viejos tratados (descatalogados, claro) y repasar la historia económica. Las agujas, sabido es, giran al compás de los beneficios. La era del capital es el instante de la aceleración: un impasse que marca, según proceda, ritmos binarios, música militar. Leo las últimas entregas editoriales de este sello cuyo blog usurpo desde un 20 de noviembre, José Antonio, ¡Presente!, de 2007: Apocalipsis Now de Vicente Verdú y La mujer de Edipo de Miguel Roig. Agudos analistas de la realidad social y cultural, estos autores iluminan mis noches de cigarrillo y paseo. Roig desvela la personalidad mediática de la Reina Sofía y sus elocuentes silencios; Verdú recorre, de la mano de san Juan, el Apocalipsis de nuestro espectral tiempo de zombis. Oigo, será mentira —el libro es el valor refugio, ay— que el mercado libresco ha caído casi un 60%, si excluimos los cinco best-sellers de cada año. Editar en España es llorar. Larra murió: suicidio de chaleco amarillo.

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